La memoria sigue siendo una deuda pendiente para Chile. El Gobierno de José Antonio Kast rompió una tradición democrática vigente desde 1990, cuando el país recuperó sus instituciones democráticas, al no mantener la histórica participación presidencial en la conmemoración del 11 de septiembre en La Moneda. Una señal que, sumada a la ausencia de autoridades en actos regionales, evidencia que la unidad nacional no puede construirse desde el olvido.
Por: Victoria Barria Torres. Periodista.
A 53 años del golpe militar, Chile sigue siendo un país con una herida abierta. No hablamos de una página cualquiera de nuestra historia. Hablamos de cientos de miles de personas afectadas, de familias destruidas, de exiliados, perseguidos, torturados, ejecutados y desaparecidos. Y hablamos también de familias que, 53 años después, todavía esperan verdad y justicia.
Por eso resulta inaceptable que desde el actual Gobierno de José Antonio Kast se relativice, se debilite o simplemente se abandone una tradición republicana que se mantuvo desde el retorno de la democracia: que el Presidente de la República estuviera presente en la conmemoración del 11 de septiembre en La Moneda. La memoria democrática no puede depender de quién ocupa circunstancialmente el Palacio de Gobierno.
Y esto no es solamente un problema de Santiago. En la Región de Los Lagos, autoridades locales electas y designadas de la Provincia de Osorno también decidieron restarse de actos de conmemoración, mientras sus agendas continuaban con reuniones de infraestructura, fiscalizaciones y otras actividades. Entonces cabe preguntarse: ¿de qué unidad estamos hablando si quienes tienen la responsabilidad de representar a todos los ciudadanos no son capaces siquiera de compartir un espacio con quienes mantienen viva la memoria?
El Presidente Kast dijo en la Región de Los Ríos que “los dolores están hoy día aquí”. Tiene razón. Los dolores están aquí. Pero también están las desigualdades, la precarización laboral, el temor frente a la pérdida o privatización de recursos que pertenecen a todos los chilenos y los intentos por criminalizar la movilización, la protesta y el pensamiento crítico.
El problema es que el miedo no es nuevo en Chile. Ya sabemos lo que ocurre cuando se instala como herramienta política: ciudadanos que dejan de hablar, organizaciones que dejan de movilizarse y una sociedad que termina aceptando el silencio como precio del orden. Hoy, cuando algunos discursos vuelven a poner el miedo en el centro y presentan la protesta, la disidencia o el pensamiento crítico como amenazas, la memoria adquiere todavía más importancia. Porque cuando el miedo gobierna, la memoria debe hablar; y cuando la memoria habla, la democracia tiene la obligación de escuchar.
La unidad no significa olvidar. No significa mirar hacia otro lado. Y mucho menos significa pedirle a las víctimas que cierren una herida que el Estado todavía no ha sido capaz de cerrar.
Chile necesita memoria. Porque una democracia que olvida cómo fue destruida corre el riesgo de volver a creer que todo está permitido en nombre del orden.
La democracia no se termina con tanquetas. Se destruye cuando dejamos de defenderla. Y la historia no la van a borrar quienes pretenden convertir el pasado en un problema incómodo.
A 53 años, la consigna sigue siendo la misma: memoria, verdad, justicia y nunca más.
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